"María, discípula y misionera, es madre de Jesús y Madre nuestra" + PASTOR CUQUEJO, Arzobispo de la Santísima Asunción 07 de diciembre de 2007 Gn. 3, 9-15.20 – El pecado separa a Dios del hombre y la mujer Ef. 1, 3-6.11-12 – Todos somos llamados a dar gloria a Dios. Lucas 1,26-38 – María, discípula y misionera, es madre de Dios y nuestra. En el libro del Génesis encontramos la reacción del ser humano alhaber caído en desgracia por causa del primer pecado. Por eso no podía enfrentarse con Dios. Tomó conciencia de que el mal, el pecado impide estar cara a cara con Dios. El hombre huye de la luz, se esconde porque tiene vergüenza, tiene miedo. Se siente inseguro de encontrarse con Dios. La tentación de la ambición, de la soberbia, de la omnipotencia le llevó a la desobediencia. Desobediencia que significa estar en contra de Dios. La experiencia de culpa la tenemos cada uno delos creyentes. Todos los días sentimos las tentaciones de acceder a las ofertas del maligno. La iniquidad, como un mal extendido y profundamente enraizado en el corazón humano pretende dominarlo todo. ¿Acaso no tenemos pruebas suficientes cuando vemos a personas destruidas por los vicios de las drogas? ¿Cuántas familias desintegradas por causa del divorcio, de las migraciones forzadas y del desenfreno sexual? ¿Acaso los medios de comunicación social, en su servicio a la sociedad, no denuncian situaciones calamitosas de corrupción personal y pública? Las naciones poderosas imponen sus preferencias sobre las más pequeñas. Esto lo comprueba nuestra historia nacional desde sus inicios hasta hoy. El poder de dominación se nota hasta en la promulgación de leyes que van en contra de las culturas autóctonas y de los principios éticos y cristianos. No se puede ocultar que el mal al tomar posesión de la persona humana, la domina yno la quiere soltar. En la oscuridad del mal no se puede ver a Dios Sin embargo para Dios le promete al hombre la liberación, la salvación.Así estableceenemistad entre el maligno y la mujer, y la descendencia de la misma. Vemos que Dios nopuede abandonar al hombre, obra suya y le ofrece la luz perdida. Desde ese momento se abre un camino de esperanza. Primeramente una espera hasta que llegue la mujer prometida y su descendencia. Desde ese momento Satanás y María se enfrentan asta la llegada de Jesús. En la carta a los Gálatas nos dice San Pablo que “cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál. 4, 4), Esa mujer era “una virgen, de una ciudad de Galilea llamada Nazaret” (Lucas 1, 26). María formaba arte del pueblo de Israel que esperaba la llegada del Mesías, el salvador de su pueblo. Aquel pueblo dominado por tantas naciones extranjeras y en su tiempo por el imperio romano. En medio de la opresión, de la pobreza, de la expoliación del pueblo permanecía la esperanza fuerte del salvador. Así es que en el sexto mes del año judío, Dios envió al Angel Gabriel para anunciarle a María que sería la madre de Dios. La esperanza se hace hombre gracias a la respuesta que María le dio al Angel: “Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mío según has dicho. Comienza también el cumplimiento de la promesa que Dios le hizo al primer hombre y a la primera mujer. María aplastará por siempre la cabeza del maligno, aunque éste querrá derrotarla. Es la historia de la salvación. En medio de las contrariedades de la vida, de la corrupción imperante, del desgarro de tantas familias y de jóvenes sin visión de promesa de futuro, escuchemos las palabras del Angel a María: “no hay nada imposible para Dios”. Cuando la capacidad de servir ha perdido su fuerza ante la ambición del poder por el poder, recordemos: “para Dios no hay nada imposible”. Cuando la desesperación golpea con fuerza las puertas de nuestro corazón y nos sentimos tentados a seguir la corriente de siempre, recordemos: “para Dios no hay nada imposible”. María estuvo siempre atenta a las palabras del Angel. Ella llevó en su corazón todas las experiencias vividas con su hijo Jesús. Ella fue una solícita discípula de Dios Padre y de su hijo Jesús, desde Nazaret pasado por el calvario hasta llegar a Pentecostés. En el calvario comienza la maternidad universal de María cuando Jesús le dice antes de morir: “Mujer, he ahí a tu hijo” y a Juan, el discípulo amado, he ahí a tu madre”. En esas últimas palabras Jesús manifiesta su última voluntad sobre nosotros al convertirnos en hijos muy dilectos de María su madre. En ese momento María inicia su vida misionera entre los apóstoles y los primeros seguidores de Jesús, llamados cristianos. La disponibilidad de María para cumplir con la voluntad de Dios, la encarnación de la Palabra Eterna y el nacimiento de Jesús, son los cimientos sólidos de una promesa que se va cumpliendo y llegará a su perfección al final de los tiempos. Esa promesa está cargada de esperanza. Esa esperanza es el poder de Dios que va liberando y salvando a sus hijos a través de los siglos. Es la fuerza de Dios la que nos impulsa a vencer las insidias del mal, la apetencia descontrolada del poder, el arrastre del placer desordenado, y del tener que priva al hombre del compartir los bienes que Dios nos ha regalado. Tanta iniquidad que desborda el corazón humano y llega a las raíces de la sociedad. Como nos dice Benedicto XVI en la Encíclica sobre la esperanza, el ser humano no puede resolver todos los problemas humanos con su mera voluntad, o con la sola ciencia. Estas cualidades, aunque buenas y necesarias, no construyen la esperanza, la paciencia y la perseverancia, que son dones del Señor. El ser humano que hace las cosas a espaldas de Dios, a la larga se torna esclavo de su propio egoísmo. La sociedad que prescinde de Dios, de “Dios con nosotros”, se deteriora rápidamente y sucumbe sobre sí misma. La historia lo ha demostrado una y otra vez El pueblo paraguayo, en su largo peregrinar de cinco siglos, es una prueba viva de una historia humana y divina, marcada fuertemente por el espíritu mariano. Esa espiritualidad mariana, concentrada fuertemente en la maternidad de María, es la que mantiene a miles de paraguayos en su fe, muchas veces frágil e imperfecta, tantas veces profunda y sincera. Pero es el pueblo que peregrina, el pueblo que sufre y que tiene esperanza. Son ustedes, particularmente, y nosotros todos, construyendo juntos la Iglesia de Jesucristo. Es una Iglesia que está al lado del pueblo porque es del pueblo. En la Iglesia la encontramos a María, como Madre siempre presente en la vida de su Hijo Jesús, en la vida de su pueblo hoy. Hoy estamos en Caacupe para celebrar la memoria de la Inmaculada Madre de Dios y Madre nuestra bajo la humilde invocación de aquel indígena que se acogió a la protección de la Madre de Dios, nuestra Señora de los milagros de Caacupé. Aquí venimos a fortalecer nuestra fe, para que purificada de tantos atavíos brille con mayor esplendor en esta época de tantas tinieblas espirituales y materiales. Venimos a alimentarnos en el amor de Dios por medio de la eucaristía que celebramos y para estar tan unidos como pueblo de Dios y así poder amarnos más unos a otros compartiendo la misma fe movidos por una creciente esperanza. Sí vinimos a Caacupé paracontinuar nuestra peregrinación, pero no ya con la resignación que no nos libera del pasado y del presente agobiante, sino para tener una esperanza sólida, concreta y creciente fundamentada en la palabra del Señor. Repito la palabra de Dios proclamada en la carta de San Pablo a los cristianos de Efeso. “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En Él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano, según el previo designio del que realiza todas las cosas,conforme su voluntad, a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo para alabanza de su gloria” (Efesios, 1, 3-6. 11.12). Queridos hijos e hijas de María Inmaculada, hemos venido a este Santuario de María para traer nuestra gratitud y nuestros anhelos. Venimos cargando la pesada carga de nuestra vida y la de nuestro pueblo. Sabemos que el futuro está en nuestras manos, bajo nuestra responsabilidad. Mantengamos la memoria clara del pasado sin quedarnos en él. Miremos con ojos de esperanza el futuro. Este no será otro sino el fruto de nuestras reflexiones, de nuestras metas y decisiones. Por eso nos animamos en la esperanza de poder responder al designio de Dios y honrar así ala herencia de ser gloria y alabanza de Dios. Que Nuestra Señor de los Milagros, la Limpia y pura Concepción, Madre de Dios y madre nuestra nos bendiga y ampare siempre. Amén.
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