Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

+ CLAUDIO GIMENEZ, Obispo de Caacupé

08 de diciembre de 2007

Hemos venido preparándonos para esta gran Fiesta de la Madre de Dios, Madre del Salvador de la humanidad.

El motivo de fondo de esta fiesta es que Ella fue preservada de toda mancha, para que fuese la digna Madre del Hijo de Dios. En el Bendito decimos nosotros: “La Virgen María, Nuestra Señora, concebida sin mancha de pecado original”. Así queremos expresar a Dios nuestra alegre gratitud.

La historia de esta fiesta tiene su origen en la narración bíblica del paraíso, donde el hombre y la mujer, tentados por la serpiente, quisieron ser como Dios, señores de la vida y de la muerte.

Fue un pecado de orgullo, de desobediencia y rebeldía. Se produjo una ruptura de la comunión con Dios.

La serpiente es el símbolo de ese gran mal, de ese gran pecado: Se dio una ruptura de la comunión con Dios.

En la narración de esta desgracia aparece una pequeña luz de esperanza: que al fin de los tiempos y por la misma gracia de Dios, la humanidad podrá vencer al mal, a la serpiente, atacándola en la cabeza.

Dios se ha acercado para hablar con la humanidad. Se acerco a María de Nazaret, la llena de gracia, que se abrió al diálogo con Dios y, a diferencia de Eva, ha escuchado y ha obedecido: - la escucha y la obediencia son el marco de la puerta de la salvación. En cambio, la desobediencia y la rebeldía nos alejan de Dios y crean confusión.

Dios prepara con ese diálogo una mansión digna para su Hijo, que será enviado para enseñarnos la vida en comunión con Dios. Cristo viene, a través de María, para restaurar los vínculos rotos: - la vinculación con Dios y todo el mundo sobrenatural, y - la vinculación con los seres humanos, y toda la creación.

Por todo esto, podemos decir que la Iglesia celebra en María Inmaculada el retorno de la luz que el pecado de desobediencia y rebeldía de Eva y Adán había apagado.

En María esta luz se volvió a divisar en forma nítida, dando de nuevo un sentido a la existencia de todas las criaturas de Dios, mostrando a los seres humanos el camino del retorno a la luz que no se apaga jamás.

María nos señala el camino como la primera discípula al servicio del amor, al servicio de la vida y de la reconciliación del ser humano con Dios.

Vivimos en un mundo en que la palabra dada no tiene demasiado valor: lo que se dice y lo que después se hace son dos realidades muy diferentes. Se cambian fácilmente las opiniones y las decisiones según las conveniencias personales del momento.

En cambio el sí de María, su compromiso con Dios, nos alienta a responder positivamente al querer de Dios en nuestra vida, siéndole fiel a pesar de muchas ofertas tentadoras.

No es fácil cumplir con la voluntad de Dios, y actuar como discípulo, porque cada uno de nosotros tenemos nuestros propios planes y queremos vivir según nuestros impulsos.

Ser discípulo y misionero de Jesucristo implica ciertas cosas muy concretas.

El discípulo cristiano católico ha de caracterizarse por algunos rasgos resaltantes, que lo distinguen en el ambiente en que vive.

a. En primer lugar: el centro del discípulo es la persona de Jesucristo, como fuente de su madurez humana y cristiana, fuente de su vida. Si Jesucristo es nuestro centro, no puede haber dispersión, porque la opción por Él, por su Evangelio, por su Iglesia será radical.

b. En segundo lugar: si la persona de Jesucristo es el centro de la vida del discípulo cristiano católico, la asemejación progresiva a El se presenta como su tarea permanente. A esto se le llama proceso de santidad. Esto significa que poco a poco el discípulo va tomando conciencia de su llamado a la santidad, va descubriendo que debe amar la Palabra del Señor y ponerla en práctica.

c. En tercer lugar: esa santidad o asemejación progresiva a Jesucristo lleva al discípulo cristiano católico a una inserción en la Iglesia y en la sociedad (le lleva a un sentido de pertenencia a nuestra Iglesia y a una responsabilidad por la sociedad en que vivimos).

El verdadero discípulo del Señor no puede dar la espalda a su Iglesia, ni desentenderse de la realidad social. Cuanto más espíritu eclesial tenemos, mayor ha de ser nuestro compromiso con la sociedad. Lo uno lleva a lo otro y no tienen porqué estar desconectados. No tiene sentido una ruptura.

Somos concientes que pertenecemos a una Iglesia y que allí están nuestras raíces espirituales más profundas.

Esta pertenencia a la Iglesia ha de impulsarnos a vivir en comunión eclesial, que significa una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que habita en nosotros y que se refleja en el rostro de cada hermano.

Ese hermano es alguien que me pertenece; por eso busco compartir sus alegrías y sufrimientos, sus proyectos y sus necesidades.

Ese hermano es un don, un regalo de Dios para mí, que me lleva a ver también lo positivo que hay en él y no solamente sus defectos.

Hemos de saber compartir mutuamente nuestras cruces, las cargas de la vida, superando la tentación continua del egoísmo y las ganas de competir, de desconfiar del otro o de envidiar sus éxitos. O peor aún, ostentando poder y riqueza, se hiere el sentimiento de los que viven en la pobreza y la miseria, por ejemplo, con grandes festines.

Un auténtico espíritu de comunión eclesial reclama la integración de todas nuestras fuerzas individuales y el trabajo en equipo: se nos pide cercanía efectiva y afectiva, como verdaderos hermanos, para superar la tendencia de querer contarse solos, como Eva, como Adán.

A propósito de pertenencia a la Iglesia, vale la pena preguntarnos con espíritu crítico, pero con ánimo de construir una Iglesia y una sociedad renovada.

¿Cómo nos vemos como Iglesia hoy?

Hay quienes opinan que la Iglesia tiene un papel preponderante en nuestro país y goza de la confianza de nuestro pueblo. Pero que estaría faltando mayor expresividad en el sentido de directivas concretas y criterios unificados y unificadores de parte de nosotros los Pastores.

Según esa opinión, faltan objetivos precisos de la Jerarquía, hay dispersión de fuerzas, existe confusión por la decisión tomada por algunos de sus miembros en el campo político, fuera de su función propia específica. La Iglesia, sabemos, es un pueblo, familia de Dios, un solo cuerpo, un solo Espíritu, con una sola fe y una sola esperanza. Sigue a un solo Señor, Jesús, y se gobierna en sintonía plena con el sucesor de S. Pedro. Si esto no se respeta, se produce una ruptura en la comunión eclesial, que genera confusión entre los fieles.

Reconocemos que vivimos tiempos confusos. Pero, cuanto más confundida está la sociedad, más hemos de fundamentar nuestra vida en principios claros, los principios que marcan el rumbo de la Iglesia católica. Los principios cristianos deben brillar, para iluminar nuestros caminos: en la familia, en la vida personal, en el trabajo y en la política, en la cultura y en el comercio, y en todos los campos; para afirmarnos como cristianos y como ciudadanos, que buscan construir una nación grande en comunión con todos los pueblos.

Sepamos distinguirnos por los valores del Reino que tratamos de vivir y de transmitir, como la verdad, el amor y la justicia, la paz, la honestidad y la santidad de vida. Somos parte de la solución de muchos problemas.

Necesitamos para eso, de una profunda conversión, que empieza con el humilde reconocimiento de nuestros errores personales y comunitarios.

La Iglesia en el Paraguay no se ha cruzado de brazos en todo este tiempo. Ella ha entrado en un proceso de clarificación de su identidad desde el comienzo de este nuevo siglo. El camino elegido ha sido entrar en diálogo con todos sus hijos, a través de una consulta pastoral denominada “Habla, Señor, que tu Iglesia escucha”.

El resultado será entregado hoy a nuestro pueblo, aquí en este Santuario, en forma de líneas comunes de acción pastoral a ponerse en práctica en toda la Iglesia en el Paraguay.

Lo más resaltante – y como un clamor nacional que surge desde lo más profundo del alma – es precisamente el deseo de vivir en comunión entre nosotros, con Dios y con toda la creación. Es la respuesta a la ruptura de comunión existente a nivel eclesial y social.

Queremos hacer realidad la definición de Iglesia, que se encuentra en el Concilio Vaticano II: “…la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”(LG, 1).

El deseo íntimo de Nuestro Señor Jesucristo en su larga oración al Padre (Jn. 17) que “todos sean uno, como tu y yo, Padre, somos uno”. Atentar contra esa unidad es desoir este clamor de nuestro Señor.

Otra línea eclesial resaltante será, en adelante, la búsqueda de una mayor coherencia o autenticidad de vida de todos nosotros como Iglesia.

Nuestro testimonio de vida ha de ser lo primero: la bandera que conquiste el corazón del hombre moderno, y asegure la credibilidad del mensaje y autoridad moral del discípulo y misionero cristiano católico.

Una tercera línea pastoral de la Iglesia en el Paraguay será una cada vez mayor acción evangelizadora:

Anunciar a Jesucristo en todos los rincones de nuestra patria, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado; en él se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y la misericordia de Dios (cfr. EN 27).

Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia; es su identidad más profunda. La Iglesia católica existe para evangelizar (cfr. LG 1, EN 14, Aparecida 30 – 32).

Para poder evangelizar fundados en principios claros, será necesaria una formación permanente.

Necesitamos actualizarnos constantemente.

La formación que se desea no es solo intelectual, sino completa: formación religiosa, moral, pastoral y espiritual (cfr. GS 10; Aparecida 279 – 284).

Tenemos en el Documento de Aparecida un Itinerario formativo de los Discípulos Misioneros (240 – 346), que vale la pena conocer y ponerlo en práctica en todos los niveles.

La Iglesia en el Paraguay dará una importancia muy grande a los jóvenes y a las familias, por ser dos sectores especialmente críticos en la actualidad, que reclaman una atención urgente y prioritaria, teniendo en cuenta preferentemente a los más pobres de nuestra tierra, a los más olvidados y a los que más sufren el abandono material y espiritual por diversos motivos, como viene sucediendo con nuestros campesinos y aquellos hogares disueltos por las migraciones.

Esta es nuestra respuesta como Iglesia en el Paraguay. Esperamos que aquellos laicos cristianos, con vocación de políticos, estructuren también sus proyectos para responder con eficacia a las necesidades imperantes en nuestro país.

En el transcurso de este Novenario hemos venido escuchando el clamor de nuestros pastores, que pidieron con insistencia: - que nuestros dirigentes sean capaces de servir al pueblo por encima de sus propios intereses; - que sus promesas se cumplan, para recuperar la confianza y la credibilidad de nuestro pueblo; - que sean celosos de nuestra identidad nacional y no se dejen encandilar por el dinero portador de ideologías que buscan atrapar a nuestro pueblo; - que construyan el país que queremos todos los paraguayos y no según el querer de los centros de poder que se encuentran en el extranjero; - que los laicos cristianos, que se encuentran en los diversos partidos, sean constructores de la sociedad según los valores del Reino, como sal y luz, para sanear nuestra sociedad asfixiada por tanta corrupción; - que respondan a las verdaderas causas de las migraciones de tantos hermanos que abandonan sus hogares buscando lo que aquí en su propia patria no encuentran.

- Que los candidatos de los diversos partidos ofrezcan un perfil convincente de patriotismo, coherencia con los principios morales y religiosos y, sobre todo, de una competencia indispensable como futuro estadista (Docum. CEP, 9.XII.07).

“Una vez más, los obispos junto con los sacerdotes y religiosos, ratificamos, que fieles a la doctrina de la Iglesia, no nos identificamos con ningún partido político… ni propiciamos ninguna candidatura… mantenemos la absoluta neutralidad… por nuestra condición de Pastores al servicio de la unidad de la fe de los fieles” (Docum. CEP, 9.XI.07)

Felicitamos a aquellos políticos que en su visión de futuro sueñan en un Paraguay grande y libre, acorde a su historia, a sus autenticas tradiciones y a su noble cultura paraguaya y cristiana, que hemos heredado de nuestros padres y de nuestras madres.

Felicitamos también a todos aquellos ciudadanos que quieren convertir sus pueblos y ciudades en bellos lugares, donde da gusto vivir, con sus plantas, con sus flores, con el respeto debido a la naturaleza creada por Dios; - con pueblos y campos sin agrotóxicos; campos y bosques libres de incendios. ¡Con el fuego no se juega! Es la lección aprendida dolorosamente.

Felicitamos especialmente a nuestra Selección Nacional, ¡a la querida albirroja!, que tantas alegrías nos ha regalado este año. Nuestros muchachos nos han enseñado, que cuando se quiere, ¡se puede!

Como cristianos, deseamos construir la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, con espíritu solidario, caminando juntos, en la fuerza del Espíritu del Señor, como portadores de esperanza, como la Virgen María, la Madre de Jesús y nuestra Madre, llevando la Palabra de Vida a todos los hogares de nuestra patria.

El Espíritu Santo nos cubra con su sombra para salir a misionar gozosos, casa por casa, llevando un poco de luz a cada corazón, cuando nuestros pastores nos inviten a realizar la gran misión a nivel nacional.

Repito, y me despedido, seamos portadores de esperanza. Dice el Papa, en su última encíclica: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza”. “Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe salvi 2 - 3).

Así sea.

 

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