"Somos llamaddos a vivir y a comunicar la Vida Nueva a nuestros pueblos"

+ IGNACIO GOGORZA, Obispo de Encarnación

30 de noviembre de 2007

Queridos Hermanos:

La Virgen, nuestra Madre, tiene la alegría de convocarnos cada año a su casa para reflexionar, orar y compartir juntos nuestro caminar como miembros de la gran familia de Dios. El Santuario de Nuestra Señora de Caacupé, se convierte en estos días, como la cátedra de la Iglesia de Paraguay, que ilumina con sus mensajes el rumbo que debe seguir nuestra vida cristiana y nuestra evangelización. Son luces mediante las cuales queremos despertar a las conciencias dormidas, motivar a los indiferentes, dar esperanza a los que se sienten desamparados y excluidos, alentar a los comprometidos en la evangelización y esclarecer las dudas, los cuestionamientos y la incredulidad, a los que desconocen la persona de Cristo y su mensaje savífico.

Lo hacemos con la alegría de sabernos llamados por Cristo a vivir y a comunicar la vida nueva a nuestro pueblo. Como San Pablo, después de haber experimentado el encuentro personal con Cristo y sentirnos salvados por El, surgen espontáneamente de nuestros labios las palabras del gran Apóstol “¡Ay de mí si no evangelizara!” “Como discípulos suyos, sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida”

Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en El, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación” nos dice el Documento de Aparecida.

Vivir la vida nueva significa descubrir la hermosura de la gracia que nos hace partícipes de la naturaleza divina, convirtiéndonos en hijos e hijas de Dios. Quien vive de esta forma su vida cristiana experimentará la transformación y la alegría de ser cristiano. Un sentimiento fundamental para tomar a Cristo como el valor absoluto que responde a todas nuestras expectativas y nos plenifica.

De lo contrario, corremos el riesgo de caer en la mediocricidad en donde los valores se tergiversan y priman consciente o inconscientemente los antivalores. Consecuencia de ello, sufrimos las graves desigualdades sociales y enormes diferencias en el acceso a los bienes.

Hay un grupo reducido que poseen muchos bienes y una gran mayoría viven en la pobreza o la miseria. Sin embargo, casi todos nos decimos ser cristianos. En muchos discursos de personas que conforman el gobierno o desean conformar el próximo gobierno, de las instituciones públicas y privadas, escuchamos que se desea una mayor justicia social, un mayor bienestar para todos, creación de más fuentes de trabajo para superar la migración de miles de conciudadanos a otros países, para conseguir más y mejores medios para proporcionar una vida más digna a los suyos, dejando una veta de familias desarticuladas con mucho dolor y, a veces, resentimiento en los niños y jóvenes. ¿Serán sinceros en estos buenos deseos? No soy quine para juzgarles, pero la historia y los hechos serán sus propios jueces.

Todos los dones de Dios incluso los materiales nos exigen un espíritu comunitario, para reconocerlo y servirlo en los más pobres: “en el más humilde encontramos a Jesús mismo. Por eso San Juan Crisóstomo exhortaba “¿Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consientan que está desnudo. No lo honran en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez” (Apar. 354)

Son inseparables la relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Por ello, tanto la preocupación por desarrollar estructuras más justas como por transmitir los valores sociales del Evangelio, se sitúan en este contexto de servicio fraterno a la vida digna.

La vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el gozo de servir a quien nos necesita, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de la sexualidad vivida según el Evangelio y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero.

Es por todo esto que nuestro pueblo no quiere andar por las sombras de muerte, tiene sed de vida y de felicidad en Cristo, Lo buscan como fuente de vida. Anhelan esa vida nueva en Dios, a la cual el discípulo del Señor nace por el bautismo y renace por el sacramento de la reconciliación. Buscan esa vida que se fortalece, cuando es confirmada por el Espíritu de Jesús y cuando el discípulo renueva en cada celebración eucarística su alianza de amor en Cristo con el Padre y con los humanos. Surge así el discípulo y el misionero. Cuestionado por las preguntas queSan Pablo formula en su Carta a los Romanos: “¿Cómo van a invocarlo si no creen en él?; ¿Cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿Cómo van a proclamar si no los envían?”. Responde: “Aquí estoy” y se lanza al anuncio de la nueva vida que es el proyecto de Jesús de instaurar el Reino del Padre.

Por eso, la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo, para cada hombre y para cada mujer en nuestro país.

Precisamos para ello:

  • a partir de la experiencia del discipulado desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo.
  • Una fuerte conmoción que nos impida instalarnos en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres. Crea indiferencia.
  • Un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente.
  • Una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza porque hemos perdido ante el presente doloroso que vivimos por la corrupción existente en las instituciones públicas y privadas como también en el pueblo, ya que la honestidad brilla, frecuentemente, por su ausencia y el futuro incierto que vislumbramos. El discipulado intenta ser coherente con las denuncias que realiza. Posee la vida nueva, es decir, la vida de Cristo en plenitud. Anuncia esta nueva vida con el testimonio y la palabra. Se hace signo de esperanza y de alegría.
  • La conversión personal que despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de la Vida.
  • La conversión pastoral creando comunidades eclesiales de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral.
  • La conversión pastoral para que nuestras comunidades pasen de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, en donde los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución. (Apar.371)

Precisamos personas bien formadas, capaces de enfrentar los nuevos desafíos a fin de que sean transmisores de la vida nueva. ¿Quines mejor que las Instituciones Educacionales Católicas pueden ser forjadores de personas identificadas con la misión de vivir y comunicar la vida nueva, la vida con Cristo y en Cristo? Escuelas, colegios, Universidades Católicas deben desarrolla con fidelidad su especificidad cristiana, ya que poseen responsabilidades evangélicas que instituciones de otro tipo no están obligadas a realizar. Entre ellas se encuentra, sobre todo, el diálogo fe y razón, fe y cultura, y la formación de profesores, alumnos y personal administrativos a través de la Doctrina Social y Moral de la Iglesia, para que sean capaces de compromiso solidario con la dignidad humana y solidario con la comunidad, y de mostrar proféticamente la novedad que representa el cristianismo en nuestra sociedad (Apr. 342)

Finalmente detenemos nuestra mirada en María y reconocemos en ella la imagen perfecta de la discípula misionera, dadora de la vida nueva, que es el hijo Jesús. Ella nos exhorta a hacer los que Jesús nos diga. Junto con ella recibamos el mandato de su hijo: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos" (Mt. 28,29) y compartamos, con todos, la alegría de ser discípulos del Señor y vivenciadores de la nueva vida, instaurando el Reino de Amor, Verdad y Justicia.

Así sea.

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