Clausura del Octavario Mariano de Caacupé + ORLANDO ANTONINI, Nuncio Apostólico 15 de diciembre de 2007 Hermanos y Hermanas: Las figuras de la liturgia de hoy – el profeta Elías y San Juan Bautista en las lecturas bíblicas, y la Virgen Maria en este día sábado, final del Octavario de la Fiesta Patronal Mariana de Caacupé 2007 – son figuras típicas de este tiempo de Adviento. Ellas de hecho preceden y preparan los acontecimientos históricos decisivos respectivamente del pueblo de Israel, por lo que concierne al profeta Elías; de la primera venida de Jesús, por lo que concierne a Juan Bautista; de la Iglesia y de la segunda venida de Jesús al fin del mundo, por lo que concierne a la Virgen Maria. Acontecimientos decisivos, que al fin y al cabo se resumen en el Acontecimiento por antonomasia: la venida de Dios en nuestra historia, Dios que se hace hombre para que los hombres se vuelvan dioses y para que la humanidad, liberada de todo mal, consig! a su plenitud, la felicidad, la vida para siempre, la vida eterna. En el evangelio hemos visto que Jesús identifica al profeta Elías con Juan Bautista. A nuestra vez, podemos identificar a Elías y a Juan Bautista, sea con la Virgen Maria, sea con la Iglesia y sea también con cada uno de nosotros. Todos de hecho, el profeta y Juan Bautista antes de Cristo, la Virgen Maria, la Iglesia y cada uno de nosotros los cristianos después de Cristo y hasta el fin del mundo, somos designados, como dice la primera lectura, ‘para censurar los tiempos futuros, para aplacar la ira (de Dios) antes de que estalle – Dios, de hecho, no puede unirse a un mundo malvado, a una sociedad injusta y a corazones moralmente sucios – para reconciliar los padres con los hijos (y los hijos con los padres) y restablecer las tribus de Jacob’. Reconciliación entre padres e hijos, restablecimiento de Jacob o Israel, no son otra cosa que el establecimiento del Reino de Dios después de que sean destruidos definitivamente el pecado y el mal y vencido el último enemigo del hombre, la muerte; la unión esponsal de Dios con los hombres para siempre; el paraíso. Esta maravillosa perspectiva escatológica que nos es prometida y hacia la cual estamos encaminados desde el día de nuestro bautismo y conversión, constituye el contenido de la esperanza cristiana. Una perspectiva que empieza con el nacimiento de Jesús en Belén hace dos mil años, se desarrolla en la historia por medio de la acción de la Iglesia y se acaba en la segunda venida de Jesús, en la resurrección de los muertos. Nuestro Papa Benedicto XVI acaba de publicar su segunda encíclica, Spe Salvi, que ofrece reflexiones importantes precisamente sobre la esperanza cristiana, reafirmada como la verdadera y autentica esperanza para la humanidad y el mundo. Efectivamente con el cientismo del siglo XVII en Europa “se da un paso desconcertante: hasta aquel momento la recuperación de lo que el hombre había perdido al ser expulsado del paraíso terrenal se esperaba de la fe en Jesucristo, y en esto se veía la «redención». Ahora, esta «redención», el restablecimiento del «paraíso» perdido, ya no se espera de la fe, sino de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis. La esperanza recibe una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso, y se pasa de la fe eclesiástica a la! fe racional. En el siglo XIX la fe en el progreso como nueva forma de la esperanza humana, poniendo a la base la razón y la libertad como la estrella-guía que se debía seguir en el camino de la esperanza, acabó en la utopía marxiana. “Karl Marx trató de encauzar este nuevo y, como él pensaba, definitivo gran paso de la historia hacia la salvación, hacia lo que Kant había calificado como el « reino de Dios ». Al haber desaparecido la verdad del más allá, se trataría ahora de establecer la verdad del más acá. La crítica del cielo se transforma en la crítica de la tierra, la crítica de la teología en la crítica de la política. El progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política; de una política pensada científicamente, que sabe reconocer la estructura de la historia y de la sociedad, y así indica el camino haci! a la revolución, hacia el cambio de todas las cosas”. Esta promesa, que en el fondo se reconectaba a las categorías del viejo milenarismo cristiano, fascinó todo el siglo XX, incluyendo muchos cristianos. Entre estos surgieron las bien conocidas corrientes de pensamiento de la teología de la liberación, teología de la liberación que en su marco más marxista, implica una visión intra-histórica e intra-mundana de la esperanza cristiana que excluye de por sí sola toda referencia al más allá, a la vida eterna. La ‘salvación’ no consiste principalmente en la liberación del pecado y en el alcance de la vida en Dios, sino en la liberación del pueblo de las opresiones políticas, económicas y culturales. No hay otra ‘espiritualidad’ que el empeño político y social. La relación personal con Dios, la oración, la liturgia y los sacramentos, la Iglesia, el sacerdocio, etc., considerados inútiles para cambiar las estructuras de opres! ión, pierden su sentido y su valor, se descuidan fácilmente y la vida y el pensamiento progresivamente se secularizan. Después del fracaso del comunismo y las delusiones del neo-liberalismo, la promesa marxiana fascina todavía hoy: es solo del 1996 la aparición de una nueva forma de marxismo, el ‘socialismo del XXI siglo’, del pensador alemán Heins Dieterich Steffan, que como ustedes saben está influyendo en particular no en la Europa donde se ha originado, sino en el continente latinoamericano, aunque los mismos marxistas lo tilden de ‘falaz’. Ahora bien, dice el Papa, en el momento mismo en que el marxismo triunfó en algunos Países “se puso de manifiesto el error fundamental de Marx” y también – podemos añadir nosotros – de Heins Dieterich Steffan y sus repetidores. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén…”. Más aún. Marx “ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condi! ciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables”. Por eso el marxismo fracasó, y por eso fracasará también el neo-marxismo, siendo desgraciadamente y como de costumbre los mismos pobres, los débiles y los que sufren, quienes sufrirán en su propia carne las desastrosas consecuencias. No es solamente con la política, cambiando las estructuras, que cambiará el hombre. Es con el cambio de corazón del hombre, con su formación espiritual, que las estructuras políticas y sociales funcionarán: para eso, solo está la religión, la fe en Dios. “Con otras palabras, continúa el Papa: las buenas estructuras ayudan, pero por sí solas no bastan. El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior”. Por este motivo, y frente a fenómenos como los que en estos últimos tiempos han sacudido a la Iglesia local, no nos cansaremos de repetir, con el Papa en Aparecida, que “evidentemente el trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia…Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por la esperanza, por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. ! Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias”. Y después, a los Obispos y por ende a todos aquellos que están investidos del ministerio sagrado, el Papa añadió: “Cuando en el seno de la Iglesia se cuestiona el valor del compromiso sacerdotal…y se da preferencia a las cuestiones ideológicas y políticas, incluso partidarias, la estructura de la consagración total a Dios comienza a perder su significado más profundo”. Se llega a dividir al clero y a la feligresía y se provoca en los electores católicos un gran conflicto de conciencia – porque un elector católico, si es católico de verdad, no podría no sentir ese conflicto. Además al elegir, también en buena fe, el compromiso social y político en detrimento del ministerio sagrado, significa poner a Dios en último lugar, haciendo entender que Cristo y su evangelio no son capaces de transformar la sociedad: cuidado, católicos parag! uayos en poner la esperanza en esos ejemplos falaces, eso no solamente no os llevaría a ver resueltos los problemas que os agobian sino que pondría en peligro vuestra misma fe, la fe en Cristo único y verdadero salvador. Hermanos y hermanas: También en cada uno de nosotros se realiza una misión semejante a la del profeta Elías, de Juan Bautista, de la Virgen Maria. En cierto sentido, cada uno de nosotros es un precursor, es un hombre o una mujer que va delante en el camino de la Redención. Todos estamos llamados, al igual que Juan Bautista, a realizar, a llevar a cabo nuestra misión. En estos días en que nos estamos preparando de una forma más intensa para el Nacimiento de Nuestro Señor, tendríamos que preguntarnos ¿cuántos corazones, por mi omisión, por mi falta de delicadeza, por mi falta de preocupación, quedarán sin encontrarse con Dios? ¿Cuántos corazones en las familias, cuántos corazones en el ambiente, cuántos corazones en el ámbito laboral y social no van a saber que Cristo nace para ellos y por ellos? ¿Podremos ser tan egoístas como para cerrar el conocimiento de la salvación a los demás? Nuestro corazón no puede pensar tanto en sí mismo como para olvidarse del don que tiene para dárselo a otro. Es una tarea que tenemos que hacer. ¡De qué poco nos serviría decir que valoramos mucho el don de Cristo que viene en esta Navidad si no lo transmitiéramos, si no lo diéramos a los demás! ¡De qué poco serviría que dijéramos que queremos ser estos profetas del Altísimo que van delante del Señor para preparar sus caminos, si nuestra vida no se transforma. Antes que redimir a otros, tengo que redimir mi corazón, cambiar mis actitudes, cambiar mi comportamiento. Tengo que ser el primer redimido. Tengo que redimir mi corazón, tengo que ser el primero que acepta a Cristo como el que me salva de mis pecados, como el que me salva de mis fragilidades. Eso significa ser discípulos y misioneros de Jesucristo, según el lema de la V Conferencia del CELAM. El discípulo, como Elías, como Juan Bautista, como Maria, como Jesucristo, está llamado a reconciliar a los hombres con el Padre y a los hombres entre sí. Podrá sufrir incomprensiones, como el Maestro, muchas veces no lo reconocerán, incluso puede sufrir rechazos. Los discípulos misioneros están además llamados a vivir en comunión en la Iglesia y con la Iglesia – esta es la 1ª Línea Común de Acción Pastoral para la Iglesia en el Paraguay, resultado de la encuesta ‘Habla, Señor, que tu Iglesia escucha’ de la Conferencia Episcopal – porque no hay discipulado sin comunión con la Iglesia, con su enseñanza y con su disciplina, y pensar de ser cristiano sin Iglesia es una tentación. Justamente Monseñor Giménez en su homilía de la ultima fiesta de la Inmaculada Concepción ha recordado que “el verdadero discípulo del Señor no puede dar la espalda a su Iglesia… La Iglesia, sabemos, es un pueblo, familia de Dios, un solo cuerpo, un solo Espíritu, con una sola fe y una sola esperanza. Sigue a un solo Señor, Jesús, y se gobierna en sintonía plena con el sucesor de S. Pedro. Si esto no se respeta, se produce una ruptura ! en la comunión eclesial, que genera confusión entre los fieles”. Por lo tanto, como los primeros cristianos, procuremos escuchar las enseñanzas de los apóstoles o sea de los Pastores de la Iglesia, especialmente del Papa y de los Obispos unidos a él; procuremos vivir unidos en la caridad; participar en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión; ser constantes en la oración comunitaria. Profundizamos nuestra fe en Jesucristo, en Maria Santísima, en los Santos. En breve: estamos convocados a la santidad en la comunión y en la misión. Maria, Madre de nuestra Esperanza que es Cristo, y Madre y Reina del Paraguay, nos bendiga a todos y a cada uno. Así sea.
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