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Carta de los Obispos del Paraguay sobre la mujer. 5 de Julio de 1996

Carta de los Obispos del Paraguay sobre la mujer

Han pasado ya unos meses de la conclusion de la IV Conferencia
Mundial sobre la Mujer. Sin duda, ha sido un evento de importancia,
no solo por continuar una serie de Encuentros anteriores, sino también
porque se realizó casi en vísperas del término de un milenio. Y ello
es una particular circunstancia que invita a retomar el tema de la
presencia de la Mujer en la sociedad civil y en la Iglesia. Y hacerlo
para procurar pasar de las aspiraciones y declaraciones más o menos
conocidas y repetidas, a una acción eficaz y concreta.

Los Obispos del Paraguay pretenden ofrecer un aporte válido a la
consecución del objetivo recién señalado. No queremos, en momentos
como los que vive el país todo, callar la postura de la Iglesia en un
tema tan importante. Pero tampoco pretendemos agotarlo con acopio
de datos ni multiplicar iniciativas que no podrán ser llevadas a la
práctica por la precariedad de recursos y por la pluraridad de problemas urgentes.

Aspiramos a reflexionar sobre el tema de la mujer en la doctrina de la Iglesia.

Aspiramos también a echar un vistazo a la situación de la mujer en
nuestro país. Y, finalmente queremos asumir un compromiso de acción
que debe ser realizado por toda la comunidad creyente.

Tales los modestos propósitos que animan a quien también en esta
ocasión, reiteran su condición de servidores del pueblo y no de
dominadores de la comunidad. Con ese espíritu queremos hablar. Con
idéntico espíritu pretendemos ser escuchados.

UNA REFLEXIÓN NECESARIA
Una página del Génesis nos presenta la obra de la creación. Lo hace
de modo sintético, con un lenguaje poético pero claro y verdadero. Y
lo hace dejando bien expresada la dignidad y la mision de la mujer en
el mundo. "Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen
de Dios le creó: varón y mujer los creó" (Gen. 27). Hay un proyecto
preciso que imprime un desarrollo a la acción creadora de Dios. En
primer lugar, se dice que el ser humano es creado a imagen y
semejanza de Dios. Esto deja bien expresado el carácter peculiar y
único del ser humano en el conjunto de la obra de la creación. Además
es creado "varón y mujer". Por eso mismo, el nombre está rodeado
de las innumerables criaturas salidas de las manos de Dios, y, sin
embargo "se encuentra solo". Dios mismo hace salir al hombre de
esta situación. "No es bueno que el hombre esté solo. Voy hacerle
una ayuda adecuada". Así pues, bien podemos afirmar que la creación
de la mujer está marcada por el principio de la ayuda recíproca.

Bien afirma el Papa Juan Pablo II en su Carta a las Mujeres que "la
mujer es el complemento del hombre como el hombre es el
complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí
complementarios". El mito de la igualdad entre el hombre y la mujer
debe ser superados, pues lo humano se realiza tanto en la femineidad
como en la masculinidad, con modalidad diversa y complementaria:
ambas son de tal manera necesarias que sin ellas no se realiza plenamente lo humano.

El relato del Libro de Génesis, luego de la creación del ser humano
varon y mujer nos trae consignada la mision que a ambos Dios confía:

"llenad la tierra y sometedla". No se trata pues de solo prolongar, por
medio de la procreación, el género humano en el tiempo. Se trata
también del señorío sobre la tierra, que debe ser administrada con
responsabilidad. El ser humano, racional y libre, debe transformar la
faz de la tierra. Tanto el hombre como la mujer deben cumplir este
encargo con igual responsabilidad y conscientes de tener entre manos
una obra de cultura. En esa común tarea de dominar y someter la
tierra, en su complementación fecunda y esposa, la mujer y el hombre
no muestran una identidad o igualdad estática y uniforme. Pero
tampoco les separa una diferencia abismal y necesariamente
conflictiva. La más natural relación, de acuerdo a la voluntad de Dios,
es la unidad de los dos. Por eso a cada uno esto le permite sentir el
don enriquecedor y responsabilizante de una relación interpersonal y recíproca.

Dios confía la procreación, la vida de la familia, la construcción misma
de la historia, a esta "unidad de los dos". No es injusto ni inexacto
poner la atención sobre la mujer como madre. Pero ciertamente la
Conferencia de Pekín ha sido ocasion propicia para tomar conciencia
de los aportes que la mujer ofrece a la vida de todos los pueblos y de
la sociedad misma. Es mucho lo que el progreso de todo el género
humano debe a la aportación de la mujer.  Y si una vez más debemos
dar testimonio del valor que tiene la mujer como madre, ésta es la
ocasión para dar testimonio también del aporte de la mujer en el
progreso científico y técnico, así como al progreso en la dimensión ética y social.

Aporte muchas veces ofrecido en forma callada, a partir de la vida
familiar y prolongada a través del tiempo en medio de no pocas dificultades.

Quedaría incompleta esta reflexión si no expresáramos la gratitud de
la Iglesia a la mujer paraguaya, comprometida a lo largo de la historia
patria en actividades educativas dentro y fuera de la familia.

A veces en precarias condiciones y con menguados recursos, la mujer
ha sido el sostén que dio continuidad a la vida de la nación. Y sin
pretender una enumeración completa, ?Cómo no recordar a tantas
mujeres y a tantas religiosas que se han desvelado en la educación,
en el trabajo en el campo de la salud, en las labores más pesadas
cuando faltaba la fuerza del varón?. ?Como callar una palabra de
admiración y gratitud a las mujeres que aisladas o reunidas en grupos
y asociaciones han dado un testimonio de maternidad afectiva, cultural
y espiritual, y han mostrado una disponibilidad y una aceptación que
muchas veces casi se identifica con el martirio? No queremos caer en
lugares comunes y lamentarnos del machismo de nuestra sociedad y
de nuestra cultura. Preferimos recordar, a partir del reconocimiento
de las propias limitaciones humanas de la Iglesia, que no siempre la
dignidad y la misión de la mujer ha merecido el respeto debido ni el
espacio adecuado en el conjunto de la vida social y eclesial. Esta es
la ocasion de expresar ese reconocimiento y ese homenaje a la mujer.

Por algo la Iglesia ve en María, la Madre de Jesús, la máxima expresión
de la femineidad. Por algo la propone siempre como fuente de
inspiración continúa. Hoy, los Obispos del Paraguay, en la misma
línea del Magistero Papal, quieren proponer como modelo a todas
las mujeres de la patria a María, la que se llamaba a si misma "esclava
del Señor". Al ponerse al servicio de Dios y de su plan de salvación,
ella se puso también al servicio de los hombres. Servicio de amor,
que le ha permitido la experiencia de un auténtico y misterioso reinado.

Un reinado que se identifica con el servicio. Ese reinado nos hace
entender la autoridad, tanto en la familia como en la sociedad y en la
Iglesia. Por eso podemos decir que la vocación fundamental del ser
humano, creado a imagen de Dios, es reinar y servir. Por eso, también
el Concilio Vaticano II dice que el hombre "no puede encontrarse
plenamente a si mismo sino en la entrega sincera de sí mismo" (Gaudium et Spes, 24).

UNA MIRADA A NUESTRA REALIDAD
Para abordar este tema debemos superar un doble complejo. Por una
parte,  y ya lo dijimos más arriba es indudable la presencia de un
machismo injusto y discriminatorio en muchos órdenes, también en
la vida de la Iglesia. Esto nos lleva fácilmente a pensar en una situación
o realidad de postergación y de anulación de la persona y de la labor
de la mujer en la historia del Paraguay. Por otra parte, estamos siempre
en deuda con tantas mujeres que fueron alma de la sobrevivencia de
este pueblo y cuyo sacrificio no ha merecido un acto de justicia elemental.

Ante todo es indudable que el Paraguay, país pequeño, muestra
realidades indiscutibles: un alto porcentaje de población femenina;
grandes diferencias entre las mujeres que viven en el campo y la
ciudad, en núcleos urbanos de cierta importancia o en pequeñas
poblaciones rurales, en hogares que acogen una vida familiar estable
o al menos con cierta estabilidad; en situaciones en que ella debe
cumplir los roles de padre y madre; en situaciones de pobreza no
sólo económica sino también de educación y autoaprecio. Puede
extenderse por páginas las diferentes realidades de la vida de la mujer
en el Paraguay. Pero creemos que puede resultar útil tomar el último
siglo de historia de la patria y, a partir de la Guerra del 70, reconocer
los aportes que el Paraguay ha recibido de la mujer. Mencionemos a
"La Residenta", la que con ejemplar entereza y con bravío carácter
sobrellevó los horrores de una guerra cruel y sin sentido, como todas
las guerras. Más aún, ella fue la que sobre las ruinas del país comenzó
la reconstrucción, sacando fuerzas de flaqueza y encontrando en la fe
el estímulo poderoso para una gigantesca tarea.

Mencionemos a las maestras y catequistas, las que iniciaron y
desarrollaron la educación en los valores humanos y cristianos de
nuestros niños y jóvenes. En tiempo difíciles supieron sobreponerse
a las propias limitaciones para enseñar a leer y escribir, a amar a Dios y a servir al prójimo.

Mencionemos la esforzada y solidaria vida de tantas mujeres que en
la ciudad y en el campo vivieron ayudando a los demás. Las que
hiceron femenina la labor de asistencia a los huérfanos y a los
enfermos, las que consolaban en el momento del dolor amortajando
cadáveres y dirigiendo oraciones cargadas de esperanza cristiana. Las
que promovían tareas de bien común y ejercían una labor de animación
para superar los odios y rencores de desencuentros políticos y de
guerras civiles. Las que sin haber pasado por aulas universitarias,
fueron grandes maestras y eximias profesoras, educando a todo un
pueblo en la honrradez y en la austeridad, en la dignidad de la pobreza y el decoro del trabajo honesto.

Mencionemos a la mujer que en la Guerra del Chaco desempeñó
múltiples funciones. Tomó el arado en lugar del agricultor hecho
soldado, actuó de enfermera en el frente de batalla y en la retaguardia,
se despojó de sus modestas pertenencias para contribuir a la defensa
de la heredada patria, vivió con austeridad que hizo posible una
economía de guerra que hasta hoy nos admira a todos. Seguramente
muchas de ellas no conocían la frase evangélica "hicimos lo que
teníamos que hacer". Pero ciertamente la gratificación y el premio
recibido fue continuar con la misma vida sacrificada, austera, sencilla?!

Mencionemos cuantos emprendimientos han tenido como iniciadoras
o realizadoras eficientes a mujeres de toda clase y condición. Es más
espontáneo hablar de la maestra que del magistero, de la enfermera
que de los auxiliares paramédicos, y podríamos seguir enumerando
ejemplos y profesiones. Pero quedaríamos en deuda si calláramos el
más conocido y valioso testimonio del aporte de la mujer a nuestra patria.

La mujer paraguaya, la madre que cada día está trabajando y sirviendo,
enseñando y corrigiendo, ayudando a quienes necesitan y
compartiendo lo poco o mucho que tiene.

La mujer que en su rancho humilde o en su modesta vivienda, tiene
tiempo para realizar las tareas propias del hogar y le sobra tiempo
para hacer feliz o al menos más llevadera la vida de los suyos.

Mencionemos a la mujer que en una Iglesia tan desprovista de agentes
cualificados de pastoral aportó todo lo que estaba a su alcance. Fue
mayordoma y catequista, con respeto y devoción limpiaba la Iglesia
y arreglaba el Altar. Inculcó el amor al Oratorio campesino o a la
Capilla más humilde, lo mismo que al templo parroquial o a las
grandes iglesias de los centros urbanos. Cuidó con amor el nicho
familiar y enseñó a rezar ante él a sus hijos y a sus nietos. Ejerció con
naturalidad el papel de celebrante en la entrañable liturgia de difuntos
en velatorios y novenas. Fue el alma de las fiestas pastronales, y con
el rosario en la mano, ejerció una labor que nunca será suficientemente
agradecida: conservó y transmitió la fe en el pueblo.

Mencionemos, finalmente, a quienes lucharon por nobles ideales de
justicia y libertad en tiempo difíciles, a las que con valor intrépido
llevaron socorro a los presos; a las que ofrecieron sus vidas por un
Paraguay mejor; a tantas y tantas mujeres que también hoy, como
ayer y como siempre, luchan y se esfuerzan por un Paraguay fraterno y justo.

Y mencionemos por ultimo tantas mujeres de distintos lugares, de
diferentes épocas, de muy variada condición social, que han dejado
un ejemplo inolvidable de virtudes humanas y cristianas y que sin
duda alguna, han recibido ya el premio de los justos. Y así como nos
alegra tener en San Roque González de Santa Cruz, el primer Santo
paraguayo, nos alegra también recordar que son mujeres: María
Florencia Dominguez Netto y María Felicia Guggiari, cuyos procesos
de beatificación se han iniciado, las que esperamos sean reconocidas
por la suprema autoridad de la Iglesia como ejemplares modelos de vida cristiana.

Este es el momento también de reconocer las limitaciones que a lo
largo de estos años hemos encontrado en la vida nacional. No estamos
cerrando los ojos e ignorando las realidades dolorosas de debilidades
y falqueza humanas.Nos duele, ciertamente, conocer los extravíos
que con frecuencia alarmante se suceden entre nosotros. Nos duele
que una sociedad materialista, interesada en el consumo y despojada
de valores morales, haga de la mujer un instrumento de explotación
comercial con fines egoístas y brutalmente utilitarios. Nos duele
pensar que el santuario del hogar sea profanado con infidelidades y
crímenes que nos necesitamos indicar. No podemos dejar de reconocer
que muchas veces las mujeres han jugado un papel importante, sobre
todo en las clases dominantes, en la descomposición social y moral a
causa de una ambición desenfrenada.

Por el dinero y por el poder, muchas mujeres promovidas dejan de
lado criterios correctos de conducta personal y social. Es cierto
también que muchas veces es la mujer la propulsora del machismo,
que le lleva a rehuir el vínculo matrimonial y, con alarmante frecuencia
en nuestros días, a la infidelidad conyugal. "La doble moral",
antiguamente consentida solo al varón, está pasando a la historia.
Finalmente queremos decir que no es justo pensar que los males de
la mujer se deben a influencias históricas solamente o solamente a
las estructuras culturales y económicas. Así como dijimos los grandes
méritos que tienen, debemos decir que sus deficiencias no se deben
solo a la influencia negativa del varón. Y la razón es muy clara para
el creyente: la mujer como el varon, esta sometida al pecado de origen.
Ambos necesitan, cada día, de la redención del Señor.

Y esto lo decimos con el mismo amor y con la misma sinceridad con
que hemos señalado los aspectos positivos de nuestra visión de la realidad.

UNA PROPUESTA DE ACCIÓN
Los Obispos no creemos haber señalado todos y cada uno de los
aspectos de la situación de la mujer en el país y en la Iglesia. Pero no
queremos terminar nuestra carta sin ofrecer algunas propuestas de
acción, que no abarcan todo el panorama de necesidades y urgencias.
Ante todo creemos indispensable afirmar que las propias mujeres,
con sus grupos y movimientos, deben ser las que asuman la
resposabilidad de pensar y buscar una auténtica promoción de la mujer.

La Iglesia y el Estado pueden y deben apoyar las eventuales propuestas
que se formulen. Un claro ejemplo está en el documento de la Santa
Sede con respecto a las conclusiones de la Conferencia de Pekín. Es
cierto que la Iglesia expresó sus reservas sobre algunos puntos de
dichas conclusiones, por muy justificados motivos. Sin embargo, ha
creído oportuno unirse al consenso debido a los numerosos aspectos
positivos y porque constituyen una aportación real a la promoción de
las mujeres. Alentamos pues la iniciativa de las mujeres y a las del
Estado. Es evidente que al Estado corresponde promover medias
legislativas, económicas, educativas. Los grandes problemas y las
perentorias demandas que se suceden y multiplican, no pueden relegar
al olvido estas responsabilidades.

Pero la Iglesia quiere también asumir su deber. Respetando las
iniciativas, creemos que nos corresponde proponer y estimular una
participación activa de las mujeres en la labor de la nueva
evangelización. Hemos señalado en la introducción la proximidad
del nuevo milenio. En preparación al gran Jubileo del Año 2000, la
Iglesia toda se dispone a realizar un serio esfuerzo de renovación en
la fe y en la vida cristiana.

También en la reflexión hablabamos de una complementariedad que
nace con la creación del ser humano: hombre y mujer.

Porque creemos que lo esencial es que el varon y la mujer cooperen
permanentemente en el crecimiento de una misma comunidad, para
bien de ellos y de todos; porque creemos que es mucho lo que puede
aportar el genio femenino a la tarea de la nueva evangelización,
cerramos nuestro mensaje con un llamado fervoroso a esta tarea.
Que la Santísima Virgen, prototipo de mujer y madre de la Iglesia
nos ayude a todos a responder a las necesidades de hoy con la
generosidad y con el amor que nos enseñó tan admirablemente. A
todos bendecimos en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo.

Amén.

Asunción, 5 de Julio de 1996.
Por mandato de la Asamblea Plenaria

+ Pastor Cuquejo
Obispo Castrense - Secretario General de la CEP

08/11/2010

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