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Mensaje por Pascua y el inicio del Año Santo. 5 de Abril de 1983.

Mensaje por Pascua y el
inicio del Año Santo

LA PASCUA Y EL INICIO DEL AÑO SANTO
1. Una vez más la celebración de la Semana Santa convocó al pueblo
creyente de este tierra paraguaya. Las calles de pueblos y ciudades,
lo mismo que los caminos y senderos del campo, vieron pasar a
jóvenes y adultos, ancianos y niños, ricos y pobres, unidos todos en
la fe y dispuestos a evocar con ánimo agradecido el gran misterio de
un Dios hecho hombre que murió y resusitó para salvarnos. La Pascua
gozosa, en el ambito familiar y social, nos infunde nuevo espíritu
para reiniciar la vida ordinaria por los caminos del bien y la verdad,
la justicia y la comprensión, la paz y el amor. Los Obispos del
Paraguay, con sinceros sentimientos de afecto, formulamos los
mejores votos de felicidad a todos los miembros de la Iglesia y a
cuantos habitan esta tierra.

Este saludo y mensaje coinciden con el inicio del Año Santo. Nos ha
parecido conveniente, por eso, compartir con todos ustedes algunas
reflexiones y sugerencias inspiradas en este gran acontecimiento y
en la enseñanza del Sumo Pontífice Juan Pablo II.

ANTECEDENTES DE ESTA FELIZ INICIATIVA
2. La celebración del Año Santo arranca de una iniciativa del Papa
Bonifacio VIII que ordenó un Jubileo en el año 1300. El origen de

este iniciativa esta ya en el Antiguo Testamento, que en el Libro del
Levítico prescribía que el Año Jubilar dejaría en suspenso todas las
deudas y obligaciones. Los fieles tendrían, en el Año Santo,
oportunidad de obtener una remisión particularmente extensa y
solemne de sus culpas. Para obtener la gracia de la indulgencia, se
mandaba visitar el sepulcro de los Apóstoles Pedro y Pablo, en la
Ciudad Eterna.

La iniciativa papal constituyó un éxito pastoral. Al comienzo se repetía
la inicitiva cada 50 años. Más tarde cada 25 años. Y no han faltado
Jubileos extraordinarios, como el establecido por Pío XI en 1933
para celebrar el décimo noveno siglo de la Redención, "con feliz
intuición", según palabras del actual Pontífice, y sin entrar en la
cuestión de la fecha precisa en que fue crucificado el Señor.

A medio siglo del mismo, el Santo Padre promulga este nuevo Jubileo
extraordinario de la Redención, para que - son palabras suyas -ésta
penetre más a fondo en el pensamiento y en la acción de toda la
Iglesia. La gran finalidad asignada a este Jubileo es una "oleada de
renovación espiritual a todos los niveles de la Iglesia", que alcance a
cada uno de sus miembros, niños, jóvenes, adultos y ancianos, a las
familias, a los Obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, a las
personas de vida consagrada, a las asociaciones apostólicas de laicos,
a los grupos juveniles…

LLAMADA A LA RECONCILIACIÓN CON EL PADRE
3. Vale la pena recordar que toda la vida de la Iglesia esta inmersa en
la redención. Para redimirnos vino Cristo al mundo, se ofreció en la
Cruz y dejó a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre. Para redimirnos hizo
a la Iglesia ministro de la reconciliación con poder de perdonar los
pecados. Esta redención se comunica al hombre por la proclamación
de la Palabra de Dios y por los Sacramentos. El Concilio Vaticano II
nos recuerda que la Iglesia es "sacramento universal de salvación".


Los mismos elementos de la práctica religiosa cristiana y las
expresiones de la genuina piedad popular facilitan a los fieles un
contacto siempre renovado y vivificado con el Señor, muerto y resucitado.

Toda la actividad de la Iglesia está marcada por la fuerza
transformadora de la redención.

Bien dice el Papa que éste debe ser "un año ordinario celebrado de
modo extraordinario". La vida y actividad de la Iglesia debe procurar
en este año jubilar que todos los cristianos sepan descubrir de nuevo
en su propia vida todas las riquezas de la salvación, recibidas desde el bautismo.

De ahí surge el carácter pastoral del Jubileo. Pues el llamado que a
todo cristiano se hace de vivir su vacación a la reconciliación con el
Padre, necesariamente debe desembocar en un compromiso al servicio
de la reconciliación con los hermanos en la fe y con todos los hombres,
al servicio de la paz entre todos los pueblos. Lo dice bellamente Juan
Pablo II: "Una fe y una vida auténticamente cristianas deben
desembocar necesariamente en una caridad que lleva a la verdad y promueve la justicia".

LA IGLESIA, CAMINO DE REDENCIÓN
4. Este es el primer llamado del Año Santo: todos debemos sentirnos
comprometidos a buscar la penitencia y la renovación. No se puede
hablar de renovación sin este esfuerzo de penitencia y conversión.
Nuestra condición de miembros de la Iglesia y nuestra debilidad
humana nos exigen, a todos, un permanente esfuerzo por no caer en
el pecado y por ser así de provecho para toda la Iglesia. Fruto y
exigencia de la fe en Cristo Redentor es la libertad del pecado. Al
servicio de esta libertad el Señor Jesús instituyó en su Iglesia el
sacramento de la Penitencia. Por él, quienes pecamos después del

bautismo podemos ser reconciliados con Dios, al que ofendemos, y
con la misma Iglesia, a la que herimos. Todos somos pecadores. Todos
necesitamos ese cambio radical de espíritu, de mente y de vida, que llamamos conversión.

La conversión es suscitada y alimentada por la Palabra de Dios, dice
el Papa. Se actúa sobre todo por el sacramento de la Penitencia y se
manifiesta en multiples formas de caridad y de servicio a los hombres.
No basta, por tanto, reconocer internamente la propia culpa ni hacer
una reparación externa. Cristo instituyó la Iglesia como "sacramento
universal de salvación"  y por medio de ella nos comunica el comienzo
de nuestra salvación, que es la fe. Así también estableció que dentro
de la Iglesia y mediante el ministerio de la Iglesia se verifique la salvación de cada uno.

No desconocemos que los caminos de Dios son inescrutables y es
insondable el misterio del encuentro con Dios en la conciencia. Pero
hay un camino que Cristo nos enseñó: el de la Iglesia. Mediante el
sacramento se restablece, así, un nuevo contacto personal entre el
hombre pecador y el Redentor. Y este es, siempre, un acontecimiento
eclesial. Por eso la confesión sacramental, realizada en el contexto
de la comunión de los santos, es un acto de fe en el misterio de la
redención y de su realización en la Iglesia.

El ministerio de la reconciliación, confiado por Dios a los Pastores
de la Iglesia, se realiza naturalmente en el sacramento de la Penitencia.
De ello somos responsables los Obispos y los Sacerdotes. El próximo
Sínodo de los Obispos que se reunirá en Roma en setiembre de este
año, estudiaría precisamente este tema. Se trata de procurar de la
mejor manera posible la edificación del Cuerpo de Cristo. Se trata de
ser fieles a los dones recibidos de Dios. Se trata de buscar que
disminuya el número de las ovejas errantes y que todos retornen al
Padre que espera, y a Cristo, pastor y guardian de todos.


LA INDULGENCIA EN LA PERSPECTIVA DE LA GRACIA
5. El don de la indulgencia, propio y característico del Año Jubilar,
se comprende y valora en la perspectiva de la gracia. Se trata del
ofrecimiento que hace la Iglesia a todos los fieles de acercarse al don
total de la misericordia de Dios, siempre que haya plena disponibilidad
y la necesaria purificación interior. La indulgencia no puede separarse
de la virtud y del sacramento de la penitencia. Mucho menos puede
indentificarse con la simple práctica externa de alguna formalidad.
A una renovada conciencia del pecado y de sus consecuencias debe
corresponder una revaloración de la vida de gracia. En su
descubrimiento y en la práctica vivida de la misma, a cada uno y a la
comunidad eclesial entera debe llegar la gracia de Dios en Cristo.

La Iglesia, en virtud del poder que Cristo le confirió, ofrece la
indulgencia del Jubileo a quienes cumplen las prescripciones propias
con las debidas disposiciones. Es necesario recordar que tales
prescripciones están de tal modo facilitadas que bien puede afirmarse
que nadie está excluido del llamado. Ya no se trata de peregrinar a
Roma. Cada una de las Catedrales y los templos que cada Obispo
señale están habilitados para recibir a los fieles todos. Con toda razón
el documento del Papa se inicia con una invitación a "Abrir las puestas al Redentor…!"

EL AÑO SANTO EN EL PARAGUAY
6. En el umbral del nuevo año, el 31 de diciembre de 1982,
formulábamos un vehemente llamado a todos los creyentes y hombres
de buena voluntad que habitan este suelo. Invitábamos entonces, a la
gran empresa de la reconciliación en el amor y de la paz en la verdad
y en la justicia. Particularmente apto consideramos, por eso mismo,
la invitación que ahora nos hace a todos el Santo Padre.

Debemos liberarnos de todo lo que en el orden personal, familiar y
social, impide que el Reino de Dios se construya entre nosotros. El
Jubileo de la Redención puede ser la gran ocasión para el reencuentro
de la familia paraguaya. No podemos ni debemos permanecer
aferrados a tanto egoísmo, a tanto resentimiento, a tanta soberbia.
Los frutos de todo ello están a la vista y es insensato negarlos. De ahi
que reiteramos hoy, con preocupación pero también con esperanza,
el propósito y la invitación a construir un Paraguay mejor.

EXHORTACIÓN FINAL

7. El Año Santo de la Redención no es, en verdad, un conjunto de
ceremonias ni una serie de acciones extraordinarias. Es, y debe ser,
el esfuerzo de toda nuestra Iglesia de vivir su vocación propia a ser
santa y a extender el Reino de Dios que es de la verdad y la vida, de
la santidad y la gracia, de la justicia, la paz y el amor. El Plan de
Pastoral Orgánica señala los cauces adecuados para vivir este llamado.
Los Obispos del Paraguay, al hacer nuestro el llamado del Papa,
reiteramos nuestro anhelo: que el Año Santo sea en nuestra patria una bella realidad!

Que todos comprendamos la necesidad personal y comunitaria de
conversión y de reconciliación. Que todos procuremos ayudarnos en
el gran retorno hacia Dios, nuestro Padre. Que María sea, para todos,
el modelo de escucha y respuesta al llamado del Redentor.
Nadie puede considerarse ajeno a esta convocatoria. Ninguno de
nosotros puede permanecer indiferente. De todos depende que en
este Jubileo de la Redención sea realidad el gran objetivo de nuestro
Plan de Pastoral: la construcción de una sociedad más fraterna y justa, abierta a Dios.

En las distintas jurisdicciones se irán dando a conocer disposiciones
concretas y emprendimientos pastorales que permitan la consecución

del gran objetivo del Año Santo. Exhortamos a todos a dar respuesta
generosa a este llamado. Será para bien de todos. Y será también la
mejor manera de comenzar a prepararnos para recibir la esperada
visita de Juan Pablo II, nuestro Santo Padre, el Papa.

Asunción, 5 de Abril de 1983

Por la Presidencia de la CEP.

+ Jorge Livieres Banks
Obispo Auxiliar de Asunción y Secretario General de la CEP

19/11/2010

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