La Tierra: don de Dios para todos. 8 de Setiembre de 1989
La Tierra: don de Dios para todos
Es indudable que en este momento de la vida nacional, la tierra se ha
hecho noticia y ocupa amplios espacios en los medios de
comunicación, en los debates y en la preocupación del hombre paraguayo.
Quienes luchan por conquistar un espacio de tierra donde vivir y
quienes luchan por defender la que poseen, emplean argumentos e
invocan principios que creemos necesario aclarar. Hace más de seis
años, los Obispos hemos hablado sobre el particular. Hoy queremos
volver sobre este tema para referirnos a los hechos, para recordar
principios y enseñanzas de la Iglesia y para proponer algunas líneas de solución.
1- LOS HECHOS
En un país como el nuestro, es evidente que hay tierra suficiente pero
que no está debidamente distribuida. Una lamentable especulación y
muchas maniobras ilegítimas han privado al pueblo de gran parte de
esa tierra. Una mención particular debe hacerse de la situación de los
indígenas, dolorosa e injustamente marginados.
Nuestra condición agrícola hace que, hasta hoy, gran parte de la
población viva del campo y necesite, por eso mismo, perentoriamente
la tierra que es trabajo, vivienda y subsistencia. La región Occidental
tiene grandes reservas que hasta hoy no pueden ser habitadas por
falta de proyectos oportunos y adecuados. Pero es todo el país el que
carece de servicios eficientes para el régimen de la tierra: legislación
clara y actualizada, catastro y registros organizados y seguros; política
eficaz de protección al pequeño agricultor; subsidios técnicos suficientes, etc.
Digamos también que los modos culturales de nuestro pueblo, en la
valorización y en el uso de la tierra, responden a otras épocas y a otras necesidades.
Todo esto hace que existan situaciones irregulares y conflictos que
hoy afloran con inusitada gravedad. El conjunto de elementos, apenas
mencionados por otra parte, desgraciadamente nunca fue tenido en
cuenta en la programación del crecimiento del país. Por ello, no
podemos asombrarnos de irritantes situaciones de injusticias nacidas
de la ambición desmedida y del egoísmo.
2- LOS PRINCIPIOS Y ENSEÑANZAS
La tierra es don de Dios para todos los hombres, afirmábamos en la
Carta Pastoral del 12 de junio de 1983. Lo reiteramos hoy, recordando
la enseñanza de la Sagrada Escritura -Antiguo y Nuevo Testamento-,
la Tradición Patrística y la Doctrina Social de la Iglesia y de los Sumos Pontífices.
La tierra y todos los bienes han sido destinados por Dios para todos
los hombres. El Creador constituyó al hombre administrador y
dispensador de los bienes a su cargo para que beneficiaran a todos
los hombres. Este principio fundamental debe iluminar el tratamiento del problema.
Recordemos que el trabajo es más importante que el capital. Y esto
vale en el uso de la tierra y en la vida de quienes la trabajan y en ella
tienen la fuente de su sustento y el de su familia. El derecho de
necesidad prima sobre todas las consideraciones y autoriza soluciones
provisorias de urgencia con intervención de la autoridad. Pequeñas y
grandes comunidades tienen derecho natural a vivir dignamente y a
promoverse por encima de la miseria, del estancamiento y del mero
nivel de supervivencia. Y éste, derecho a una vida digna debe primar
con relación a la libre disposición comercial de la tierra.
Es claramente injusto apelar al derecho de la propiedad privada como
un derecho absoluto, sin tener en cuenta el derecho natural a una vida
digna, superior y anterior a aquél. Recordemos la ya célebre expresión
del Papa Juan Pablo II: ?Sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social?.
La necesaria tecnificación y la industrialización del agro deben
enderezarse, antes que nada, a una promoción masiva e intensiva del
nivel de vida y de la mentalidad de pequeños y medianos agricultores.
De ninguna manera pueden ser confiadas exclusivamente a la iniciativa
de grupos transnacionales de inversionistas cuyo objetivo es el lucro,
de un modo preponderante, a costa del bien social del país.
3- LAS LÍNEAS DE SOLUCIÓN
A la luz de estos principios y en las presentes circunstancias, los
Obispos del Paraguay queremos aportar algunas líneas orientadoras
de ayuda a la reflexión en la búsqueda de una solución humana de
este problema que nos preocupa de veras.
Quienes han acumulado grandes extensiones de tierra, para responder
a su condición de cristianos, deben estar dispuestos a colaborar en la
solución de este problema con iniciativas urgentes y adecuadas. Los
angustiosos problemas no admiten demoras. Por eso juzgamos
justificado y valoramos el interés demostrado por el Gobierno en
procurar soluciones inmediatas aunque sean provisorias. Las
comunidades cristianas deben cooperar, con espíritu solidario y de
acuerdo a sus posibilidades, en los casos más urgentes de los "sin tierra".
No podemos sentirnos ajenos ni permanecer indiferentes ante tales
casos que golpean nuestra conciencia.
Juzgamos también necesario el dictado de normas y procedimientos
claros para la recuperación de tierras habidas ilegítima e ilegalmente.
Lógicamente, tales tierras deben ser utilizadas en favor de quienes
las necesitan y las merecen. Deben ser acelerados los estudios para la
corrección de la legislación vigente en lo que hace a la tenencia de
tierras y un replanteamiento de la Reforma Agraria buscando que la
misma responda a las necesidades reales de los pobladores del campo
y promueva el auténtico desarrollo de los mismos.
Consideramos que con la urgencia del caso, en las debidas instancias
y con la participación de los responsables correspondientes y
atendiendo a los intereses de los sectores involucrados, deben hacerse
tales estudios, que permitan un nuevo, justo y adecuado ordenamiento
legal, que impida la escalada de hechos más graves.
La Iglesia aprecia los esfuerzos realizados y los propósitos enunciados.
Ella está dispuesta a prestar toda su colaboración en los casos urgentes
y en los planteamientos de fondo. Consciente de la prioridad del
problema humano, y a través de su Pastoral Social en particular, reitera
su espíritu de servicio para alcanzar adecuada solución a este problema.
Asunción, 8 de setiembre de 1989
Por la Presidencia de la CEP.
+Jorge Livieres Banks
Obispo Prelado de Encarnación y
Secretario General de la CEP
19/11/2010